Yo: Diosito, Diosito… te prometo que si me sale este trabajo voy a ir todos los domingos a la iglesia.
Dios: ¿Y si no te sale?
Yo: Pues, iré al estadio.
Plop.

Los queridos cristianos evangélicos decimos diferenciarnos de otras religiones por creer sólo en Dios y no en otros dioses, personajes, amuletos, aunque nosotros sí tenemos amuletos para nuestra vida cristiana. ¿Por qué los llamo amuletos? Porque los utilizamos para que nos de buena suerte, o en lenguaje evangélico: para que se cumpla la voluntad de Dios.
Uno de los amuletos clásicos es (como le bautizaría mi querido amigo Obed Burgos) la Bibliomancia.
Bibliomancia: Aquella práctica que tienen los cristianos de abrir la Biblia en cualquier lugar, previa la repetición de una “oración” que frecuentemente dice “Dios, no tengo tiempo para leer la Biblia pero por favor háblame”. Después de esta frasecilla abren la Biblia y el versículo que aparezca es “lo que Dios tenía para mi”.
Otro amuleto es la oración programada, por ejemplo, en la hora del almuerzo
Oración programada: Dícese de aquella repetición periódica de una frase o varias para contar con “la bendición de Dios”. Se da en situaciones bastante comunes: desayuno, almuerzo, merienda, antes de un examen, durante o después de un examen (para que Dios toque el corazón del profesor al momento de calificar). Las madres atribuyen los problemas estomacales de sus hijos a que “no oraron por la comida”.
Un amuleto que en la adolescencia me costaba mucho practicar era la madrugada dominical.
Madrugada dominical: Aquella travesía de cada domingo al templo (llámese iglesia, casa del Señor, congregación, etc). Decían los adultos que si uno no iba el domingo a la iglesia era pecado porque estábamos robándole tiempo a Dios. Quien no asistía era mal visto por los demás pues se “está enfriando”, como si la relación con Dios dependiese de asistir a una estructura física.
Y otra, aunque nos duela reconocerlo, es tener un ídolo, un becerrito de oro, un amuleto en forma humana que nos bendiga y nos diga qué hacer.
Becerrito de oro siglo XXI: Aquel personaje a quien rendimos pleitesía, en quien está basada nuestra vida y decisiones, quien nos guía para ser mejores y su palabra es la ley. También conocido como pastor, líder, apóstol, profeta, maestro, arcángel, patriarca, anciano, entre otros nombres. Nuestra vida tiene dependencia de ellos y son los traductores oficiales de Dios para nuestras vidas. No podemos hacer nada sin su aprobación o guía.
No está mal ir a la iglesia, o leer la Biblia, orar por los alimentos o tener un guía, pero sí está mal si crees que haciéndolo ganarás el favor de Dios. Recuerda que su amor es gratuito, por gracia, no hay nada que puedas hacer para que él te ame y no hay nada que hará que te deje de amar. Además, Dios envió a su hijo para que tú puedas tener una conexión con el Padre directa… DIRECTA! Entre tú y Dios no deberías poner a otra persona como intermediario. Jesús es el camino a Dios, no tu líder, apóstol, profeta o bloguero favorito (yo).
Si vas a la iglesia debería ser porque disfrutas hacerlo; si oras deberías hacerlo con sinceridad, incluso diciendo “Dios, hoy no tengo ganas de orar pero aquí estoy”. Ninguno de esos puntos religiosamente practicados te salvarán de algo u obtendrás algo mejor por practicarlos.
Espero que ustedes tengan más amuletos, perdón, ideas para alimentar esta publicación. Recuerden que cuando Jesús vino a la Tierra dejó claro algo: No hay intermediarios entre Dios y nosotros, no hay amuletos, ni frasecitas, ni personajes que nos acerquen a él. Podemos ir directamente a Dios.